Los 8 mejores libros de Martín Kohan

Los 8 mejores libros de Martín Kohan

Martín Kohan nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires. Publicó tres libros de ensayo, dos libros de cuentos y seis novelas antes de ganar, en 2007, el Premio Herralde de Novela con Ciencias morales, llevada al cine en 2010. Posteriormente publicó Cuentas pendientes, Bahía Blanca y Fuera de lugar.


1. Confesión

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Brutal y sobrecogedora, una novela con la dictadura argentina como telón de fondo. Tres historias que forman parte de una misma historia.

En 1941, en una ciudad de provincias argentina, una niña confiesa a un sacerdote los primeros y difusos impulsos sexuales que nota en su cuerpo, relacionados con la atracción que siente por un joven apellidado Videla que pasa cada día bajo su ventana. En 1977 un grupo de jóvenes revolucionarios prepara un atentado en un aeródromo para liquidar a un Videla que ya no es joven y es conocido por todos.

Y, por último, una anciana –la niña de la primera historia– juega una partida de cartas con su nieto, que ha ido a visitarla a la residencia donde pasa sus días, y entre jugada y jugada le cuenta lo que le sucedió a su hijo, el padre del chico, en lo que resulta una nueva confesión. Tres historias y tres tiempos que se entretejen para forjar una única historia. Tres historias que hablan de dolor, culpa y confesiones.

Una novela sobrecogedora y deslumbrante, construida con una brillantísima arquitectura que le permite al autor penetrar hasta la médula de las historias –de la historia– que nos relata.


2. Cuentas pendientes

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¿Cuánta desgracia, cuánto infortunio, cuántas desdichas pueden llegar a caber en la vida de un hombre sencillo? Cuentas pendientes se resuelve por una apuesta de máxima: el retrato de una vida en la que el fracaso lo alcanza todo. Porque no hay cosa en la patética rutina de Giménez, el protagonista aparente de esta novela, que no merezca la mayor compasión. Lo que sucede es que el narrador que se ocupa de él no le tiene nunca ninguna. Lejos de cualquier pietismo social, y lejos también de las justas proporciones del realismo, se vale de las desmesuras del grotesco para ensañarse con él.

El giro de las cosas en Cuentas pendientes alterará, sin embargo, esta disposición. Porque las novelas que se ocupan de vidas apagadas o penosas suelen alentar esta promesa: la del poder liberador de la imaginación, la del poder de compensación de la propia literatura. Y lo que Martín Kohan (que ganó con Ciencias morales, tan celebrada, el Premio Herralde de Novela en 2007) explora en este libro es una opción diferente: la de la imaginación como condena y como agobio; la de la literatura como reducto, ella misma, de una última desesperación.


3. Bahía Blanca

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Hay una atracción evidente en las muchas ciudades de las que se dicen cosas buenas. Pero no puede ni lejanamente compararse con la atracción de una ciudad de la que siempre o casi siempre se dicen cosas adversas. Por eso Bahía Blanca, la puerta de acceso a la Patagonia en el sur de la provincia de Buenos Aires, es la heroína de esta novela. Porque una ciudad así cargada de negatividad se vuelve un lugar ideal, el mejor de los mundos posibles, para alguien que necesita olvidar, anular, suprimir: para alguien que necesita, precisamente, negar. Y es eso lo que le sucede a Mario Novoa, el héroe o antihéroe de esta historia.

Porque su historia de amor (Bahía Blanca es una historia de amor) ha llegado a ese punto terrible en el que lo desesperado y lo impasible se unen y funcionan a la vez. Cuando eso pasa, no hay otra opción más que el olvido. Pero el olvido requiere tanto esfuerzo y tanta dedicación, tanto tiempo y tanto esmero, como la propia memoria. Y no hay menos épica en una cosa que en la otra. Sin ninguna duda, nos hallamos ante la mejor novela de un imprescindible autor argentino.


4. Fuera de lugar

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Fuera de lugar transcurre en geografías diversas: la precordillera, el litoral, el conurbano, los remotos países del Este, una frontera. Y también en Internet, el espacio de todos los espacios. Claro que los personajes que se mueven de un lugar a otro, los que parten y se aventuran, no van a quedar por eso más cerca de la verdad que aquellos que se quedan siempre fijos en un mismo punto. Y eso porque la lógica que se impone en Fuera de lugar no es otra que la del desvío. El desvío: ya sea en las perversiones de las fotos con niños que se narran en el comienzo, ya sea en el viaje en extravío que se narra en el final.

¿Qué es lo fuera de lugar en Fuera de lugar? En parte lo es la aberración: eso que no debería suceder y, sin embargo, sucede. En parte lo es la descolocación: el modo fatal en que se desorientan y se pierden aquellos que más seguros se sienten de estar siguiendo las pistas correctas. Y en parte lo es la forma en que Martín Kohan dispone la trama policial de esta novela: hay actos y hay huellas, hay hechos y hay consecuencias; pero las huellas y las consecuencias aparecen siempre en un sitio diferente del sitio donde se supondría, donde se esperaría, donde se las va a buscar.


5. Ciencias morales

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Los muros del colegio son gruesos y consistentes. Prometen preservar la rutina de los días de estudio de todo lo que pueda estar pasando fuera, de todo lo que –de hecho– está efectivamente pasando fuera, en las calles vecinas, en Buenos Aires, en esa Argentina de 1982. ¿Pero qué espacio limitan esos muros, un lugar de adquisición del saber o un recinto sadiano? Porque el colegio extiende su jurisdicción más allá de la enseñanza, imparte a sus alumnos una rigurosidad que no deben descuidar en ninguna circunstancia de sus vidas, una implacable moral que debe constituirse en el inflexible esqueleto de todos sus actos.

María Teresa es preceptora en este colegio, o sea, una inocente –o quizá sólo ignorante– maestra de ceremonias. Tiene veinte años, empezó a trabajar cuando todavía era verano, y el señor Biasutto, el jefe de preceptores, le reveló en su primera entrevista la actitud que convenía adoptar con los alumnos. Porque no era fácil obtener lo que él llamaba «el punto justo» para la mejor vigilancia. Una mirada alerta a la que no se le escapara nada pero que no fuera evidente, para no poner sobre aviso a los estudiantes. Una mirada a la que nada le pasara inadvertido, pero que pudiese pasar inadvertida ella misma. Quizá la mirada del perverso, o del carcelero, o del amo. Y María Teresa, que admira al señor Biasutto, se perfecciona como preceptora, se esmera en la aplicación de las normas y la corrección de las conductas.

Pero si todo está prohibido –hasta para ella misma–, todo es transgresión. Y cuando María Teresa, persiguiendo un vago, quizá inexistente olor a tabaco, comienza a esconderse en los lavabos de los chicos para sorprender a los que fuman y llevarlos ante la autoridad, y poco a poco hace de ello un hábito oscuramente excitante, no es de la violación de las reglas sino de su aplicación a ultranza de donde surgirán la torsión y el desvío, de la rigurosa vigilancia de una completa rectitud, de la custodia inflexible de una normalidad total y atroz. Una vigilancia, una custodia que tal vez estén siendo aplicadas más allá del recinto de este pequeño mundo cerrado que nos descubre Martín Kohan. Porque extramuros de ese colegio donde estudian y han estudiado las futuras clases dirigentes, hay otro mundo, hay un país que acaso se le asemeja.

Ciencias morales confirma indiscutiblemente la extraordinaria madurez narrativa de uno de los autores más inteligentes, más estimulantes, de la reciente literatura argentina.


6. Museo de la revolución

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Un escritor argentino descubre a un personaje que tiene el secreto – la clave- de la Revolución, a la que ha llegado después de estudiar largamente la revolución ruda de 1917. Sus manuscritos han sido guardados, y la única persona que tiene acceso a ellos es una argentina exilidad en México.

A México parte el escritor y, después de muchos percances y peripecias, logra leerlos. Pesquisa y revelación se mezclan en esta extraordinaria novela que trata uno de los grandes temas de la literatura: el modo de cambiar el mundo, y el modo de cambiar la vida.


7. Zona Urbana – Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin

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París es, con toda evidencia, la ciudad central en la obra crítica de Walter Benjamin. Pero también es posible desplazarla y convertirla en el vértice de una figura que se compone con otras tres ciudades: Berlín, Moscú y Nápoles.

Esa nueva figura, plural y diversa, pero fuertemente articulada, es la zona urbana que se indaga en este libro. Una figura que se nutre de la realidad de esas cuatro ciudades, hasta formar una ciudad nueva, tan real como imaginada, una ciudad que cobra existencia en este recorrido de lectura por los textos de Walter Benjamin.

Entrando y saliendo de este mapa, Martín Kohan nos invita a transitar por las preocupaciones estéticas y políticas de Benjamin: la modernidad y su prehistoria, la revolución, la infancia, el lenguaje, la tecnología, el aura y la pérdida del aura, la experiencia y el final de la experiencia.


8. Los cautivos

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Dos hombres, dos gauchos, se acercan lentamente a la casa que habita un desconocido. Los guían el ocio y la llanura, la curiosidad amistosa y conversada que la llanura impone. Adentro de la casa, el desconocido piensa en los gauchos en un sentido abstracto y general -porque escribe- y también en la pampa, en las raras condiciones de vida que ofrece, rencorosa y entrañable, la patria. Hay también una mujer que espía. Cada uno de ellos, cautivo en sus discretas intrigas, irá tensando el curso de la acción sin violentar el ritmo del relato. Los gauchos se llaman Gorostiaga y Tolosa; la finca, ‘Los Talas’; el desconocido, Esteban Echeverría, hombre de letras, poeta romántico, gloria un poco olvidada de nuestras letras.

Después vendrá, para Echeverría, el exilio en Colonia y en Montevideo. La novela se ha puesto en marcha y nos revela una historia replegada de la historia grande, una visión muy distinta de la que tenemos.

Con una percepción muy aguda, el autor descubre un aspecto inusual de la novela histórica: la intimidad y la subjetividad que le aportan su verdadera dimensión narrativa. Los cautivos es, por lo tanto, una incursión feliz en la historia y también una ampliación admirable del género. Como en El informe, Martín Kohan no desdeña el rigor ni el color local, pero conduce el relato a un territorio nuevo -que, si bien conoce antecedentes en la literatura argentina, parece desdeñarlos-: el territorio en el que los acontecimientos y las ideas no se restan espacio, donde los personajes no son meras caricaturas y donde la ficción, dentro de un marco histórico, alcanza su punto más alto.

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